‘El barco está más seguro en el puerto; pero no es para eso para lo que se construyeron los barcos’.

Paulo Coelho

La seguridad que te da sentirte bien amarrado al muelle es ilusoria. La protección que sientes cuando fondeas y echas el ancla es falsa. Ni amarrado ni anclado podrás ser lo que has venido a ser, hacer lo que has venido a hacer, ni sentir lo que has venido a sentir.

La navegación es muchas veces complicada, hay que afrontar temporales, altas olas, fondos peligrosos y rutas desconocidas. Eso es vivir, navegar a pesar de marearte, navegar a pesar de sentir que a veces tu rumbo es errático, navegar aun cuando el frío duele o el viento azota tu cogote.

Un ancla te engancha a lo conocido y merma tu capacidad de resolución. Una maroma te ahorca si pasas demasiado tiempo asido a ella. Vivir en puerto no es vivir, es dejar pasar la vida mientras en tu imaginación crecen los cíclopes y las sirenas, los tiburones y las orcas.

Nada hay más peligroso que la parálisis, la espera, la pausa eterna. La comodidad del puerto puede hacer que el moho penetre en el casco de tu embarcación, que el salitre bloque tu timón y el agua estancada oxide tu alma.

El puerto tiene su función, el arte de navegar consiste en saber también cuando retirarte a recapacitar, replegar velas, reconectar, reflexionar, resetear, recogerte y todas las erres que necesites para retomar fuerzas. Pero el puerto siempre es una residencia temporal. Cuando cargas la bodega de víveres y arreglas los aparejos es tiempo de izar de nuevo las velas y continuar tu camino a Ítaca.

Cuando el miedo te impide asomarte hacia nuevos horizontes es momento de observar qué historias te estás contando, qué pensamientos recurrentes circulan por tu mente en repetitivo circuito cerrado. El miedo no puede ser una soga que te sujete a tierra firme, al miedo has de dejarlo volar y que en su vuelo genere la suficiente energía para hinchar velas y te permita avanzar.

Convierte tu miedo a lo desconocido en un compañero de camarote, habla con él, pregúntale qué viene a enseñarte, despídete de él en el siguiente puerto y continúa navegando.

Aprende a confiar en la propia incertidumbre, el mar sabrá llevarte a buen puerto, pero si crees ser el dueño absoluto de tu destino tenderás a estirar, controlar, amarrar y finalmente, aterrado, sin brújula y agotado por el autocontrol solo desearas el falso refugio que te ofrece el puerto.

La calma se encuentra escondida en el agua embravecida porque es el terreno en el que puedes darte cuenta de que, pase lo que pase, podrás salir a flote.

Desde la simple teoría, desde la inexistencia del vivir protegido en tu amarre junto a los demás barcos timoratos, nunca alcanzarás la sabiduría para mantenerte a flote por muy altas que sean las olas, muy frío que sople el viento y muy fuerte que azote el ánimo. Agua y viento, sal y tierra. En puerto el barco no naufraga, pero no es barco. Y a veces naufragar, aunque te ahogue, te hace sentir vivo.

¿Para que has venido?

Suelta el ancla y ve a cumplir con tu destino.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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