‘Que nadie se acerque a ti sin que al marchar se sienta mejor y más feliz’

Madre Teresa de Calcuta

Esta frase es tan clara que deja poco margen a la glosa, sin embargo, los valores que representa de amabilidad, contribución y entrega parecen estar perdiendo posiciones en la lista de los 40 principales.

Somos muchos quienes todavía creemos firmemente en que, sea quien sea con quien te cruces en el super, en la gasolinera, en la butaca de al lado del tren o en la ventanilla de hacienda, tenemos la obligación como seres humanos de hacer que esa persona cuando deje de estar a nuestro lado se sienta, al menos, un mililitro mejor que cuando se tropezó en la existencia con nosotros.

Y para que se vayan un mililitro mejor no es necesario hacer nada especial, simplemente ser amable, mirar no solo tu ombligo, tus dramas y tus dolores, si no colocarte en modo contagiar la alegría de la vida a quien puedas, cuando puedas y cuanto te sea posible.

Estas personas que siempre dibujan una sonrisa en la boca, que siempre tienen una palmadita de aliento, un abrazo en la recámara, un consuelo envuelto en papel de regalo o una palabra caramelo refrescante, son los verdaderos héroes cotidianos, esos que no destacan especialmente pero que son especiales. No son gurús ni líderes carismáticos, no son ejecutivos de grandes multinacionales ni goleadores millonarios, son simplemente personas con sus bondades y miserias que, cada día al levantarse, tienen la clara misión de mejorar el estado de ánimo de los demás de manera sutil, de manera natural, de manera humana.

Crisis de amabilidad

El enfado y la amargura están transformándose en pandemia y captando adeptos a través de los grandes megáfonos sociales, ciertos medios de comunicación, ciertas redes y ciertos líderes de opinión que ni tienen opinión ni son en esencia líderes.

La crisis de amabilidad la está produciendo una falta de esfuerzo educativo enfocado a la cordialidad y el servicio a los demás que, no nos equivoquemos, debería fomentarse fundamentalmente desde las familias.

Tenemos referentes que emplean el egocentrismo, el egoísmo y toda palabra que empieza por ego para construir su discurso, un discurso que llega a través de los altavoces mediáticos a todo aquel que está en su casa hipnotizado con dosis imperceptibles de miedo inyectado en vena que día a día, por acumulación, va agriando el carácter de las personas provocando que la amabilidad se considere un lujo excesivo en tiempos de apreturas.

Terremoto de valores

Vivimos un seísmo constante en la base de los valores humanos cuyo epicentro es el miedo. Y el miedo no te permite ser amable pues te hace ver al otro como enemigo, ver al otro como amenaza, cuando en realidad el apoyo entre congéneres, la entrega a una causa mayor que tú, lo primero que hace es reducir tu nivel de miedo y aumentar tu nivel de motivación y propósito vital.

Está claro que no siempre tenemos el día, que hay momentos en que los nubarrones acechan, te pones el impermeable emocional para no mojarte y al final lo que haces es salpicar de tu salsa agridulce a todo congénere con el que te topas. Pero la negatividad, si no eres consciente de que la estás sembrando dejándola caer allá por donde pisas, acabará brotando como una cosecha de malestar y dolor.

Volver a la amabilidad es sencillo, solo es necesario crear el hábito de reconocer en cada persona un corazón que late igual que el tuyo, un dolor igual que el tuyo, una incertidumbre semejante, un desconsuelo idéntico, pero también una capacidad de amar equivalente.

Si sigues la máxima de la Madre Teresa de Calcuta, no solo mejorarás tu entorno y verás más sonrisas a tu alrededor, sino que al ejercitar el músculo de la bondad vivirás en una atmósfera bondadosa y sentirás que tu vida se llena de sentido solo por el hecho de que quien se acerque a ti se marchará mejor y más feliz.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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