‘El que viene a hacer el bien llama a la puerta; el que ama encuentra la puerta abierta’

Rabindranath Tagore

La llave maestra de esta vida, llena de puertas, de cerrojos, de accesos inadvertidos y pasadizos escondidos, es el amor.

El amor con su fuerza sutil desvanece las ligaduras que mantienen las puertas entornadas, traspasa los muros, abre las ventanas y elimina a su paso cualquier barrera que, a golpe de cerrojo, has ido vistiendo sobre ti.

Vivir cerrado evita que tu perfecta desnudez deje aflorar tu esencia amorosa, tu luz primordial, esa de la que tanto dudas a veces, esa que te cuesta vislumbrar cuando sientes que no estás conectado con quien eres en realidad.

La luz de tu alma necesita del amor para poder darse conocer, es su estado vehicular, es la manera en que, quien eres, entra en contacto con quienes son los demás.

El amor es el idioma universal mediante el cual todo se comprende, se acepta y se comparte. Pero estamos viviendo tiempos en los que el frágil amor pareciese asustado, momentos en los que, si muestras ese don infinito, podrías ser juzgado duramente y acabar herido.

Aparentemente el amor no está de moda, en el matrix que nos domina, parece que la polémica, la violencia y el apáñese cada uno como pueda sean energías que en estos momentos ayudan a abrir más puertas y a ascender peldaños. Y quizá sea así, las actitudes odiosas, carentes de empatía, de amor hacia el prójimo y que piensan solo en arremeter contra los demás, faltando al respeto y a la verdad esencial de la humanidad se pueden convertir en llaves que te abran compuertas, pero esos nuevos caminos siempre te llevarán a lugares oscuros, llenos de trampas, resbaladizos, fangosos y sobre todo llenos de frío y soledad.

Para dar amor has de desbordarlo, y cuando vas justito es porque necesitas mover la palanca de tu fuente para impulsar el flujo amoroso y hacer que se expanda en ti y así rebose, para poder repartirlo.

Si notas que hay poco amor en tu vida, si sientes  que quien tienes cerca no te quiere, si quien tienes al lado te llega frío y distante, pregúntate cuan abandonado te tienes. Cuánto amor no expresado estás reprimiendo y dejando marchar por tu alcantarilla.

 Sentirte merecedor del amor universal es el primer paso para volver a conectar con esa capacidad de abrirte a los demás desde el amor.

Haz porque ese pequeño corpúsculo de amor que sientes en tu pecho vaya creciendo y pueda un día con su luz, anular la oscuridad de los autoreproches, tus continuos actos de autopunición, el autoboicoteo y todos los autos que siempre te desvían lejos de quien en realidad eres.

Cuando reprimes tu amor, como cuando tratas de ensordecer un estornudo en mitad de una obra de teatro, hace que el amor se convierta en otra cosa, se apaga y suena diferente… y su energía reprimida golpea en ti.

Tu amor no expresado, ese al que le giras la cara por no sentirte digno de él, se vuelve contra ti cuando toca la oscuridad y se convierte en miedo.

Reaprender a amar comienza por observar la sequedad en la que te encuentras y tomar la decisión de rebuscar y simplemente dejar que el amor de la vida penetre en ti y puedas de nuevo servir de instrumento de amor. Dejar salir de ti todo lo bueno de la vida, habitar tu cuerpo, bajar de esos pensamientos neuróticos a la verdad del sentir.

Tu cuerpo, un cuerpo bien alimentado, bien abrazado, bien estimulado y bien querido será el templo perfecto para que tu amor propio y el amor ajeno crezcan como hiedra fresca, y de nuevo alcances a tocar con los dedos el dulce fruto del amor. Será en ese momento cuando podrás dejar de luchar porque verás cómo automáticamente las puertas se irán abriendo con tu sola presencia.

Para que tu vida se abra has de abrirte al amor.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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