‘Todo lo aterrador, en su forma más profunda, es algo indefenso que necesita nuestra ayuda’

Rainier Maria Rilke

El miedo es un compañero de viaje al que le damos mucho espacio en el maletero. Demasiado. Es una de esas emociones que sin apenas darte cuenta van minando tu personalidad hasta que un día te das cuenta de que tú ya no eres tú. El miedo te ha absorbido de tal manera que ya no vives tu vida, sino una especie de sucedáneo en el que las protecciones, los muros, el casco, las rejas, los guantes, los portones y las armaduras te hacen creer que estás evitando el peligro. Pero es precisamente instalándote en esa vida-jaula cuando, llegará un momento en que todo, por insignificante que parezca, te parecerá aterrador.

Entra en contacto con tus miedos

La persona que no se enfrenta a sus miedos más esenciales, tarde o temprano fabrica unos nuevos y así, va tapándolos o evitándolos o evadiéndose hasta que un tiempo después le revienta en la cara la película que se había inventado.

Los miedos, al igual que el agua de los ríos, si son bloqueados buscan la manera de escapar, y ya sabes que al final siempre encuentran la salida.

Como cualquier otra emoción, el miedo sirve para adaptarte al entorno, a lo que sucede y te ayuda a sobrevivir, pero una vida en la que el miedo se apodera de tu esencia, en la que todo es peligro y necesidad de control deja de ser adaptativa y se convierte en ‘amargativa’.

Reconoce que estás aterrado

Permítete reconocer que estás acojonado, reconoce que esa reacción

extraña que ocurre en tu cuerpo, en tu manera de actuar, proviene del miedo.

Después, trata de identificar su nivel y ponerlo en palabras. No es lo mismo un ligero canguelo, que pánico, ni es lo mismo un susto que el pavor, el espanto o el terror. Y por último dedícate a sentirlo en profundidad para poder seguir su rastro y alcanzar a averiguar de qué profundidades surge.

Los miedos son interesantes porque en realidad no existen, son meros fantasmas de tu pensamiento. Eres consciente de esto cuando por fin te atreves a superar el temor, lo atraviesas y ves que se disipa, no existía, ya es polvo, es nada. Pero parecen muy reales. A medida que los vas conociendo, a medida que te vas conociendo, podrás ir integrando el miedo en tu vida para que no te paralice, para que no sea tu guía constantemente.

Cuando te decides a inspeccionar un miedo ya estás en el principio de su fin. Entonces lo atraviesas y compruebas que no pasa nada, que el mundo no se acaba, te das cuenta del tiempo perdido y del sufrimiento gratuito que has tenido que soportar por darle vueltas y vueltas a ese asunto en vez de soltarlo y elevarte sobre él.

Comunicarte con tu miedo

El camino hacia la liberación del yugo del miedo es lento y has de mirar mucho hacia allá donde ese miedo te señala. Lo que te aterra te lleva a habitar esa parte de ti en la que te sientes vulnerable, indefenso y sientes que necesitas gritar: ayuda, no puedo, no aguanto, no alcanzo a comprender.

Un grito para despojarse del dolor que produce el miedo es un grito ancestral de desgarro que en muchas ocasiones ayuda a liberar esa parte de ti comprimida y miedosa que cada día se va oscureciendo.

Seas quien seas no hay nada más terrible que llegar al final de tus días sin haber sido tú. Habiendo sido esclavo del miedo, habiendo dejado pasar la oportunidad de ayudar a esa parte de ti más indefensa que está atemorizada por ser tal cual es.

El miedo lo conforma todo aquello que te recuerda que eres vulnerable, todo aquello que te hace sentir falto de amor, desprotegido y solo. El miedo puede ser tu verdugo o tu maestro, depende de la relación que alimentes junto a él.

Lo que te asusta es porque en ti está asustado. Esa parte que te aterra de ti es, justamente, la parte que más necesita de tu atención y de tus caricias.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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