‘No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma’. 

Jiddu Krishnamurti

La adaptabilidad es una de las características humanas que nos ha facilitado llegar a ser la especie predominante en el planeta, o al menos eso es lo que desde nuestro antropocentrismo nos hemos creído. Me surgen serias dudas respecto a cualquier tipo de superioridad humana. Si ser predominante es tener la capacidad de destruir nuestro entorno, entonces sí, en eso hemos demostrado ser los mejores como civilización.

Lo que está claro es que adaptarnos ha sido una capacidad que nos ha permitido la supervivencia, de ahí que estemos todo el día tratando de amoldarnos a unas normas, unas leyes, unas reglas sociales. Pero llega un momento en que uno puede descubrirse dando el peligroso paso hacia la sobreadaptación. En ese momento tu camino personal comienza a extraviarse, pues habrás hecho tuyo el discurso mainstream. Creerás a pies juntillas lo que los líderes de masas quieren que creas. Dejarás de ser crítico con la época que te ha tocado vivir y te arrodillarás ante lo que asimilas como inevitable. El resultado es que sufrirás y llegarás a creer que la vida es sufrimiento. Tendrás miedo y te habrás convencido de que la vida da miedo. Te sentirás triste y habrás llegado a la conclusión de que mereces sentir tristeza.

Si la globalización ha conseguido algo es que podamos, más o menos, llevar la vida que queramos sin dar muchas explicaciones. Estamos en la era de la diversidad, hemos alcanzado una aparente libertad casi infinita, pero en realidad si te paras a analizarlo somos más esclavos que en mucho tiempo. Esclavos de la información de masas, de la economía de masas, del sistema de salud de masas, de la producción alimentaria de masas, del consumo de masas.

Los contrastes entre culturas comienzan a diluirse a través del manto de similitud que dejan como estela las tecnologías y la hiperconectividad. Ya puedes viajar bien lejos que a no mucho rascar verás las mismas grandes marcas en todos los altares, verás constantemente a personas cabizbajas fusionadas con sus pantallas táctiles y a otras haciendo rugir habitáculos cuadrados con cuatro ruedas.

La adaptación nos ayuda a sobrevivir sí, pero ¿tú quieres sobrevivir o vivir?

Coge del sistema lo que necesites, ofrece lo que creas que puede ayudar, pero luego retírate y cultiva tu microcosmos. Modela tus propias costumbres, tus propias mini leyes de ir por casa, forja a fuego tus valores y únete a personas que coincidan, al menos, en algunos de ellos. No naciste para seguir al rebaño, pues entonces habrías nacido oveja. Naciste mujer, naciste hombre, para tener la capacidad de aprender, de conocerte y tomar la responsabilidad de construir tu propia vida desde tu especial manera de concebir el mundo.

Por supuesto que hay un mínimo de convenciones que seguir para vivir en sociedad, pero de ahí a pasar cada día por el aro de una cultura de masas, de centro comercial y rebajas, de publicidad agresiva, alimentación transgénica, comida rápida y televisión dormida, media cierta distancia. Te invito a que practiques un consumo divergente, un consumo disruptivo, un consumo adaptado a quién quieres ser. Porque cada día más el consumidor con su elección de compra tiene en su mano el poder para cambiar el mundo.

Si gastaras la misma cantidad de energía que gastas en adaptarte, en descubrir lo diferente que hay en ti, vivirías una vida más saludable e iniciarías el camino de regreso a tu propio equilibrio.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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