‘Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia.’ 

Honoré de Balzac

Se habla mucho de cómo están cambiando las cosas, de la necesidad de ser flexibles al cambio, pero ¿sabes adaptarte a ellos? ¿sabes provocarlos sin que te supongan un trauma?

Nos acercamos a velocidades inusitadas hacia el primer cuarto del siglo y las cosas que antes eran fijas están dejando de serlo de manera vertiginosa. El trabajo para toda la vida se ha convertido en un anacronismo, la pareja para toda la vida es ya pieza de museo, la tecnología avanza al segundo y la movilidad laboral está haciendo temblar los cimientos del concepto ‘una vida un solo lugar’.

Ante este panorama solo queda que ejercites tu cintura, para poder adaptarte a los giros, subidas y bajadas, loops, tirabuzones y curvas que dibujan tu senda vital cada vez con mayor aceleración.

Por mucho que las cosas de tu entorno se mantengan o muten, el verdadero agente del cambio siempre eres tú mismo.

Está comprobado que una postura corporal encogida y cerrada te puede llevar a la tristeza, al mismo tiempo que una tristeza profunda puede modificar tu postura corporal. Lo que está claro, bien sea desde dentro o desde fuera es que el cambio nace de tu actitud personal.

La decisión de cambio da miedo porque el cerebro está diseñado para la supervivencia y para ahorrar el máximo de energía. El cambio produce siempre algo de incertidumbre y parece ser que cada día necesitas más de lo mismo para sentirte seguro. Dar pasos en el aire te produce vértigo y esa misma sensación es la que hace que te aferres con fuerza a la barandilla de lo conocido, lo que controlas, lo que sabes que aparentemente te funciona, aunque en realidad no lo haga, aunque te mantenga frustrado, insatisfecho o te haga menguar.

El miedo al cambio ha llenado los cementerios de personas que se quedaron con el ‘y si hubiera hecho, y si hubiera dicho’ en la punta de la lengua.

Lo que hay a tu alrededor se modifica en función de los cambios que aplicas a tu vida, a tu manera de mirar, a tu manera de relacionarte, de pensar, de creer, de sentir.

Muchas personas se han hecho adictas al limbo existente entre el cambio y la permanencia. Si te pasas el día dudando de si has de cambiar de trabajo, de hábitos, de alimentación, de lugar de residencia, de pareja, estás acomodándote en esa tierra de nadie que te impide disfrutar de lo que tienes y alcanzar lo que anhelas.

El cambio es actitud, es también decisión, pero necesita de un ingrediente básico que es la acción. La acción es el interruptor que solo si lo pulsas te llevará lejos. En el momento en que te pones en movimiento comienzas a dejarte impulsar por el cambio y se inicia la verdadera transformación.

Aunque tu entorno parezca apagado, extinto, en blanco y negro, solo tú tienes la capacidad de darle color. Si sigues haciendo lo mismo no conseguirás nada nuevo. Para cambiar hay que aplicar cambios. Y si te da miedo cambiar, pregúntate qué tal te ha ido hasta ahora cuando le has hecho caso a tu intuición. No hay nada peor que acostumbrarte a no hacerte caso. El miedo te confunde y te hace que te cierres puertas antes incluso de haberlas abierto nunca.

Enfréntate a tu propio cambio y al cambio del mundo, porque solo si tu cambias, todo a tu alrededor podrá hacerlo. Busca el cambio o tropezarás con él.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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