‘Y justo cuando la oruga pensó que era su final, se transformó en mariposa’. 

Lao Tse

Tu ignorancia como diminuto ser humano concentrado en tu infinitesimal ombligo te hace pensar que cuando se te apagan las luces ha llegado el final y de repente dejas de ver más allá de donde acaba tu nariz. Cambias el verde esperanza por rojo alarma, el blanco conexión por el negro desazón. Y tu cuadro, ese que un día fue noche estrellada, se convierte en Guernica.

Los finales de ciclo te pueden sorprender en cualquier asunto de tu vida como un brusco adiós, un cierre, un desaparecer, una pérdida, una ruptura, pero el ciclo de la vida es siempre continuo: nacimiento, vida, muerte y renacimiento.

 Observa la naturaleza de la que formas parte y sabrás que cualquier final no es más que un nuevo principio.

Cuando más perdido te sientas es posible que estés más cerca de tu destino. Si crees no tener ya fuerzas entrega la batuta, ponte en manos de aquello que verdaderamente tiene el poder, reconoce tu profunda ignorancia y cede el control, entrégate, abandónate, sé valiente y ríndete. La polvareda de tus pensamientos se asentará y se te revelará la puerta por la que continuar el camino.

El plan superior es algo que no se aprende ni se sabe, es algo que se experimenta y con lo que te reconectas.

En ocasiones, cuando en tu desesperación optas por la rendición es cuando te permites la verdadera transformación. Pero la rendición no es sencilla pues necesitas haberte dado un buen paseo por tus miedos, por tus manías, tus obsesiones, tu necesidad de control, hasta que caes de nuevo en la cuenta de que todo está bien.

Tus muros los levantas a golpe de preocupación, de duda, de temor, pero la paz siempre llega después de la tormenta. Nada puede nacer de nuevo si no encuentra el espacio necesario, el vacío desde el que todo se regenera.

La música se confecciona a través de los silencios, así que no olvides morir varias veces para poder componer tu propia melodía. Morir a cada segundo es vivir plenamente, porque después nada quedará y marcharás igual que viniste camino de vuelta al hogar del que procedes.

Observa a qué has dado tanta importancia en tu vida que ahora te pesa, pero no hagas a nadie responsable de lo que sientes o de lo que te sucede. Volar implica encontrar qué elementos están lastrándote en tu vida y dejarlos marchar uno a uno, pero no los busques fuera, no están en tu trabajo, ni en tu pareja, ni en tu familia, ni en tu situación, esos obstáculos los has ido colocando uno a uno en tu interior a base de golpes, heridas, miedos, cicatrices y otras lesiones emocionales varias que te han hecho coleccionar en la bodega de tu trasatlántico una carga que un día no te deja avanzar.

Para volar tendrás que aligerar la carga y hacer inventario para poder soltar aquello que ya no te pertenece, es más, aquello que nunca te ha pertenecido que solo es fruto de tu asustada imaginación.

Despierta, salta la vaya de tu propia conciencia, olvídate de estrecheces y amplia tu visión. Con mirada de oruga solo conseguirás arrastrarte, con mirada de mariposa, volarás ligero hacia la dulce flor.

La diferencia entre un final y una transformación es el permiso que te das para dejarte ir y atravesar la puerta que te llevará a un nuevo nivel.

Suelta tu orgullo, rompe ese mini yo que te has fabricado con corazas de hojalata oxidada, cambia tus hábitos de oruga y permite que crezcan tus alas para que suceda lo que ha de suceder. Vuela.

Arnau Benlloch

Periodista y autor del libro ‘100 maneras de conectarse a la Fuente’

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